Reflexiones: Miriam Idrissi Cao

Me concedieron la llave a un espacio donde los pasos suenan diferente, las respiraciones se vuelven más profundas y los pensamientos no tienen barreras. Toco las cortinas de terciopelo negro y al sentir ese tacto suave en mis manos me siento tremendamente afortunada. Conocer este TEATRO, sentirme parte de él y dejar de mirarlo desde fuera para sentirlo desde dentro. Y si simplemente sus paredes son para mí una experiencia prácticamente mágica, descubrir todas sus posibilidades fue perfecto.
Descubrir el talento de la gente, jóvenes sin miedo que respiran arte igual que yo. Combinar, experimentar, mezclar…desde la primera hasta la última, todas las palabras del diccionario están permitidas. Perdón, hay dos que no: MIEDO y ERROR. Es cierto que la sala es grande, pero esas dos palabras ocupan más de lo debido y ha sido necesario dejarlas fuera. Sin embargo, nadie las echa de menos. O bien porque ninguno de nosotros las conocíamos o bien porque los que las conocían ya las han olvidado.
Embarcamos juntos en esta NAVE y nos dejamos mecer y sobrepasar por las olas del mar inestable de los acordes, las puntas de los lapiceros y de los pies pero también jugamos en mayúsculas y minúsculas y nos divierte cambiar puntos y comas para que además de ser silencios o pausas sean sugerencias e invitaciones.
En la NAVE trabajamos olvidándonos del mundo de fuera, perdiendo durante dos horas y media el peso de nuestros problemas. El cerebro agradece esta breve anestesia y se deja llevar por cada propuesta. Pero a pesar de ello, es curioso que en esta NAVE recordáramos la realidad que hay fuera del terciopelo. Tratamos de comprenderla, analizarla, sentirla, para poder así darle voz y darnos voz dentro de ella.
Ya es tarde y sin remedio, poco a poco nos vamos contagiando de esta dulce enfermedad que es el arte…y confieso que espero que nunca encuentren la cura.

Miriam Idrissi Cao